Para mi generación,
al menos para mi familia,
o al menos para mí,
lo que convierte una casa
en un hogar
es tener
a alguien de quien cuidar.
Desfibrilado por esta primavera
lo que en realidad
vengo a contar
es que Irene ha vuelto a mi vida
y se ha ido incorporando a ella
como el azúcar
a una receta de cocina.
Con mis amigos hablamos
de lo necesarios
y absurdos
que son los rituales.
A mí no me gustan.
No creo en ellos.
Son demasiado puntuales.
Demasiado encadenados
a sus hitos,
cuando la vida
es la preciosidad
de los gerundios.
Me he convertido
en un hombre
sin rituales
pero con sacrificios.
El otro día pensaba
en toda la compañía
que me hacen mis fantasmas.
En que mis abuelos
o mi padre
no ululan
en mitad de la noche,
ni nunca tratan
de meterme miedo.
Eso es
porque no son
fantasmas corrientes;
son de la subespecie
de los 'aparecidos'.
A veces me estoy afeitando
y cierta inclinación
en el ángulo
en el que pongo el mentón
hacen que mi padre
se afeite conmigo
en el espejo.
O ciertas discusiones con mi madre;
mi vehemencia por protegerla,
mi marchita candidatura
para convertirme en su padre
me hacen solaparme
con mi abuelo.
O la peor,
o la mejor,
cuando amo mucho a alguien
y le peino el pelo
con las manos,
porque ahora
que hace tantos años
que murió mi abuela,
sé que hay que amar
mucho a alguien
para peinarle
el pelo con las manos.
Esta primavera está resultando ser una Semana Santa en donde nadie resucita. Me estoy acordando mucho de lo bueno que era mi padre inventándose las cosas que no sabía. Ese es el ingrediente clave para que un padre te fascine durante toda tu infancia y te defraude durante el resto de tu vida. Mi paternidad es una maravilla sin audiencia. Este es un asunto tan triste como la tristeza que sentía mi abuela cuando alguna vez me veía adelgazar. Con la de cosas que tengo que decir. Con la de cosas que tengo por enseñar y, sin embargo, los ojos cada vez se me van afilando más para solo ver a mis fantasmas. Yo, como todos, fui hijo de gigantes. Mi padre lo sabía todo hasta que no supo nada. A los doce fui consciente de que yo sabía más que él de matemáticas y de que yo comprendía mucho mejor que mi madre el mundo que me rodeaba. Eran gigantes y yo les superé; así que deduje que nunca fueron personas admirables. ¿Y si me equivoqué? ¿Y si resulta que, en realidad, a mi edad, mis padres sí fueron ...