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Mostrando entradas de 2026

Artemis

Estos días he estado teniendo el sueño tan frágil como el de un superhéroe. Lo estoy presintiendo todo. Primero vendrán los informativos retransmitidos desde la luna. Después, como es lógico, llegarán  los primeros conciertos lunares con un ligero desajuste en la sincronización de las canciones. Después comenzarán las extracciones: la minería de tierras raras. La materia prima para construir cosas  totalmente secundarias. Al final,  habrá anillos de pedida con incrustaciones de roca lunar. Prefiero no imaginarme la desesperación del mar cuando comiencen a desmantelar a su amante. Suministros. Recursos. Un gran cadáver estelar recorrido por carritos de golf conducidos por astronautas saqueadores. Tumbadas en sus camas, algunas parejas a punto de casarse sonreirán y harán planes. Uno de los dos estirará una mano y dirá  'mira, la luna'. Mientras, en realidad,  ahí fuera la están desmontando con taladros y grúas.

Sin rituales

Para mi generación, al menos para mi familia, o al menos para mí,  lo que convierte una casa en un hogar es tener a alguien de quien cuidar. Desfibrilado por esta primavera lo que en realidad vengo a contar es que Irene ha vuelto a mi vida y se ha ido incorporando a ella como el azúcar a una receta de cocina. Con mis amigos hablamos de lo necesarios y absurdos que son los rituales. A mí no me gustan. No creo en ellos. Son demasiado puntuales. Demasiado encadenados  a sus hitos, cuando la vida es la preciosidad de los gerundios. Me he convertido en un hombre sin rituales pero con sacrificios. El otro día pensaba en toda la compañía que me hacen mis fantasmas. En que mis abuelos o mi padre no ululan  en mitad de la noche, ni nunca tratan de meterme miedo. Eso es porque no son fantasmas corrientes; son de la subespecie de los 'aparecidos'. A veces me estoy afeitando y cierta inclinación en el ángulo  en el que pongo el mentón hacen que mi padre se afeite conmigo en el e...

Me gustas mucho

No juego a la lotería por el mismo motivo por el que me gusta más el cielo cuando solo lo surcan  los regulares gorriones. Pero si alguna vez, por lo que fuera, me tocara algún premio lo donaría todo a algún inventor loco que estuviera intentando construir una máquina del tiempo. ¿Adónde iría?  A México. ¿Al México de qué año? Al del año 1977. De pie en el aeropuerto, con el vello de punta esperaría a que apareciese Rocío Dúrcal. 'Me envía Junior. Me pidió que te diera esta carta de despedida'. La acompañaría por la ciudad. Le enseñaría la capacidad de los mariachis para exorcizar la pena. Un buen día, en una taberna cualquiera, mientras llueve y una gata mojada nos mira, Rocío me tomará  de la mano y a partir  de ese día ninguna más de mis sonrisas volverá a ser descartable. Ella triunfará en México. Los miércoles tomaremos café con Juan Gabriel. A partir de los años 90 Rocío me sorprenderá cada vez más meditabundo, cerrada la puerta de mi estudio mientras leo libro...

El último miedo

De pequeño me aterraban las trituradoras de las cocinas americanas. Me imaginaba que medio país se saludaba agitando sus muñones a la salida del supermercado. También me daban mucho miedo las carreteras españolas, pues de todos es sabido que en España las carreteras siempre han querido asesinar a todos sus cantantes. Cada día, mientras se enfrascaba en su periódico, le hacía a mi padre las mismas preguntas: ¿Ha muerto Marisol? ¿Ha muerto Xuxa? La lluvia también  me asustaba, pero esta vez era porque pensaba en los pájaros: creía que las copas  de los árboles no eran suficiente para protegerles del agua. Daba por sentado que cualquier día se morirían todos. El día posterior a un aguacero, de camino al cole, siempre me quedaba absorto mirando al cielo hasta que aparecía el primero de ellos, volando hacia la importancia de una rama. Qué nostalgia me despiertan los 90. Sus casas que siempre necesitaban una Enciclopedia o un Atlas. Yo era un niño que se ponía rojo cuando David el G...