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El último miedo

De pequeño me aterraban
las trituradoras
de las cocinas americanas.
Me imaginaba
que medio país
se saludaba
agitando sus muñones
a la salida del supermercado.

También me daban mucho miedo
las carreteras españolas,
pues de todos es sabido
que en España
las carreteras
siempre han querido
asesinar a todos sus cantantes.

Cada día,
mientras se enfrascaba
en su periódico,
le hacía a mi padre
las mismas preguntas:
¿Ha muerto Marisol?
¿Ha muerto Xuxa?

La lluvia también 
me asustaba,
pero esta vez
era porque pensaba
en los pájaros:
creía que las copas 
de los árboles
no eran suficiente
para protegerles del agua.
Daba por sentado
que cualquier día
se morirían todos.

El día posterior
a un aguacero,
de camino al cole,
siempre me quedaba absorto
mirando al cielo
hasta que aparecía
el primero de ellos,
volando hacia
la importancia
de una rama.

Qué nostalgia
me despiertan los 90.
Sus casas
que siempre necesitaban
una Enciclopedia o un Atlas.

Yo era un niño
que se ponía rojo
cuando David el Gnomo
besaba a su mujer
y le frotaba la nariz
antes de subirse a lomos
de su zorro, Swift.

Ahora me dan miedo 
otras cosas.
Como por ejemplo
la incorruptible certeza
de que en los años venideros
habrá más paro,
más soledad
y más delincuencia.

La gente 
viajará tanto
y tendrá tantos perros
como sea necesario
para olvidarse
de que sus vidas
son solo
un bosquejo
de lo que les prometieron.

Pronto puede 
que alguna empresa
resucite virtualmente
a nuestros muertos.
Y entonces
todo será exactamente
como es ahora:
no estarán
pero estarán.

Yo sé
que después de mí
nadie sostendrá mi vela;
ni siquiera
mis poemas.

El futuro
me hace tiritar tanto
que mi último miedo
es que un orangután
masticando un plátano
después de una jornada penosa
sea lo más parecido
a una persona.

Ya no me importa
que desaparezca la humanidad.
Me importa
que desaparezca lo humano.

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