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Inmortal

Yo solo
me como las uvas
de Fin de año,
porque temo que si no lo hago,
ese año
muera mi madre.

El otro día
escuché un podcast
en el que un médico hablaba
de la cercanía de la inmortalidad.
Decía que está a la vuelta de la esquina,
para todos,
en menos de 30 años.

Pero de aquí a 30 años,
mi madre,
con su nombre de montaña,
ya no estará viva.

¿Para qué querría un hijo
echar de menos a sus padres
de manera interminable?

Si nos volviésemos inmortales,
¿se borrarían
las líneas de la vida
de nuestras manos?

Si yo nunca fuera a acabarme,
¿me molestaría en seguir
sonriendo a los pájaros del Delta,
en señal
de tímido agradecimiento
por la primavera?

Almacenaría tantas memorias
a lo largo de los siglos,
que me pregunto si mi cerebro
no sobreescribiría
los recuerdos que tengo de mi abuela
cuando me quería. Cuando me besaba
en la mejilla y me pedía
que tuviera cuidado con los chicles,
porque resulta
que si un niño se traga un chicle,
este se le puede pegar
en el corazón.

¿Se puede seguir siendo humano
sin ser mortal?
Qué cobardes seríamos
si nuestra misión principal
fuera preservarnos para siempre.

Me imagino,
dentro de mil años,
odiando esta casa tan pequeña,
porque apenas si recordaría
que aquí amé a Andrea.
Que aquí, en esta casa tan pequeña,
cupo nuestro amor
y el tamaño feliz
de todas nuestras cosas.

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