No juego a la lotería por el mismo motivo por el que me gusta más el cielo cuando solo lo surcan los regulares gorriones. Pero si alguna vez, por lo que fuera, me tocara algún premio lo donaría todo a algún inventor loco que estuviera intentando construir una máquina del tiempo. ¿Adónde iría? A México. ¿Al México de qué año? Al del año 1977. De pie en el aeropuerto, con el vello de punta esperaría a que apareciese Rocío Dúrcal. 'Me envía Junior. Me pidió que te diera esta carta de despedida'. La acompañaría por la ciudad. Le enseñaría la capacidad de los mariachis para exorcizar la pena. Un buen día, en una taberna cualquiera, mientras llueve y una gata mojada nos mira, Rocío me tomará de la mano y a partir de ese día ninguna más de mis sonrisas volverá a ser descartable. Ella triunfará en México. Los miércoles tomaremos café con Juan Gabriel. A partir de los años 90 Rocío me sorprenderá cada vez más meditabundo, cerrada la puerta de mi estudio mientras leo libro...
De pequeño me aterraban las trituradoras de las cocinas americanas. Me imaginaba que medio país se saludaba agitando sus muñones a la salida del supermercado. También me daban mucho miedo las carreteras españolas, pues de todos es sabido que en España las carreteras siempre han querido asesinar a todos sus cantantes. Cada día, mientras se enfrascaba en su periódico, le hacía a mi padre las mismas preguntas: ¿Ha muerto Marisol? ¿Ha muerto Xuxa? La lluvia también me asustaba, pero esta vez era porque pensaba en los pájaros: creía que las copas de los árboles no eran suficiente para protegerles del agua. Daba por sentado que cualquier día se morirían todos. El día posterior a un aguacero, de camino al cole, siempre me quedaba absorto mirando al cielo hasta que aparecía el primero de ellos, volando hacia la importancia de una rama. Qué nostalgia me despiertan los 90. Sus casas que siempre necesitaban una Enciclopedia o un Atlas. Yo era un niño que se ponía rojo cuando David el G...