Para mi generación, al menos para mi familia, o al menos para mí, lo que convierte una casa en un hogar es tener a alguien de quien cuidar. Desfibrilado por esta primavera lo que en realidad vengo a contar es que Irene ha vuelto a mi vida y se ha ido incorporando a ella como el azúcar a una receta de cocina. Con mis amigos hablamos de lo necesarios y absurdos que son los rituales. A mí no me gustan. No creo en ellos. Son demasiado puntuales. Demasiado encadenados a sus hitos, cuando la vida es la preciosidad de los gerundios. Me he convertido en un hombre sin rituales pero con sacrificios. El otro día pensaba en toda la compañía que me hacen mis fantasmas. En que mis abuelos o mi padre no ululan en mitad de la noche, ni nunca tratan de meterme miedo. Eso es porque no son fantasmas corrientes; son de la subespecie de los 'aparecidos'. A veces me estoy afeitando y cierta inclinación en el ángulo en el que pongo el mentón hacen que mi padre se afeite conmigo en el e...
No juego a la lotería por el mismo motivo por el que me gusta más el cielo cuando solo lo surcan los regulares gorriones. Pero si alguna vez, por lo que fuera, me tocara algún premio lo donaría todo a algún inventor loco que estuviera intentando construir una máquina del tiempo. ¿Adónde iría? A México. ¿Al México de qué año? Al del año 1977. De pie en el aeropuerto, con el vello de punta esperaría a que apareciese Rocío Dúrcal. 'Me envía Junior. Me pidió que te diera esta carta de despedida'. La acompañaría por la ciudad. Le enseñaría la capacidad de los mariachis para exorcizar la pena. Un buen día, en una taberna cualquiera, mientras llueve y una gata mojada nos mira, Rocío me tomará de la mano y a partir de ese día ninguna más de mis sonrisas volverá a ser descartable. Ella triunfará en México. Los miércoles tomaremos café con Juan Gabriel. A partir de los años 90 Rocío me sorprenderá cada vez más meditabundo, cerrada la puerta de mi estudio mientras leo libro...