Estos días he estado teniendo el sueño tan frágil como el de un superhéroe. Lo estoy presintiendo todo. Primero vendrán los informativos retransmitidos desde la luna. Después, como es lógico, llegarán los primeros conciertos lunares con un ligero desajuste en la sincronización de las canciones. Después comenzarán las extracciones: la minería de tierras raras. La materia prima para construir cosas totalmente secundarias. Al final, habrá anillos de pedida con incrustaciones de roca lunar. Prefiero no imaginarme la desesperación del mar cuando comiencen a desmantelar a su amante. Suministros. Recursos. Un gran cadáver estelar recorrido por carritos de golf conducidos por astronautas saqueadores. Tumbadas en sus camas, algunas parejas a punto de casarse sonreirán y harán planes. Uno de los dos estirará una mano y dirá 'mira, la luna'. Mientras, en realidad, ahí fuera la están desmontando con taladros y grúas.
Para mi generación, al menos para mi familia, o al menos para mí, lo que convierte una casa en un hogar es tener a alguien de quien cuidar. Desfibrilado por esta primavera lo que en realidad vengo a contar es que Irene ha vuelto a mi vida y se ha ido incorporando a ella como el azúcar a una receta de cocina. Con mis amigos hablamos de lo necesarios y absurdos que son los rituales. A mí no me gustan. No creo en ellos. Son demasiado puntuales. Demasiado encadenados a sus hitos, cuando la vida es la preciosidad de los gerundios. Me he convertido en un hombre sin rituales pero con sacrificios. El otro día pensaba en toda la compañía que me hacen mis fantasmas. En que mis abuelos o mi padre no ululan en mitad de la noche, ni nunca tratan de meterme miedo. Eso es porque no son fantasmas corrientes; son de la subespecie de los 'aparecidos'. A veces me estoy afeitando y cierta inclinación en el ángulo en el que pongo el mentón hacen que mi padre se afeite conmigo en el e...