¿Qué culpa tengo yo
de que mi casa
se parezca tanto
a mi corazón?
Con lo primero
con lo que me tropiezo
siempre que vuelvo borracho
a esta casa
es con el ectoplasma de mi padre.
Su fantasma mal afeitado,
su mirada triste
como de
'durante este rodaje
sí se maltrataron animales'.
Pero luego, enseguida,
me acuerdo de que ese hombre
me pidió que me separase de Andrea
para que así
él tuviera un sitio cómodo
en donde vivir.
En ese momento
me pongo casi contento
de que ese cabrón
esté muerto.
Por suerte, después
me topo con los fantasmas de mis abuelos.
Se cogen de la mano
sentados sobre mi cama
y desde allí me sonríen.
A veces, mientras me quito las bambas,
mi abuelo me repite
que los perros
tienen que comer hierba
para purgarse.
Sonrío mientras me pongo el pijama
y pienso que yo,
igual que los perros,
como canciones tristes
para purgarme.
Cuando ya he pasado
por todos mis fantasmas
voy a mi habitación,
enciendo mi ordenador,
y me apresuro a recordarles a Rubén
o a Bela
que George Michael sigue muerto
pero sigue vivo.
Mira que yo soy alegre.
Mira que a veces,
sin ningún motivo,
sonrío como un león.
Pero lo cierto
es que la matemática
de esta vida
es cruenta:
siempre más tiempo
y menos vida.
Antes para cada poema
yo tenía un mensaje brillante
y ahora
cada vez
mi mensaje brilla menos.
Vuelve mi padre.
Mi padre con su tumba
visitada por nadie.
Soy un hombre bueno
que aprende por las malas:
He tenido que comprar
ollas y sartenes pequeñas
para dejar de cocinar
como si esta casa
estuviera realmente poblada.
Los médicos insisten
en hacerme pruebas
que expliquen
los destellos
y las luces blancas
que veo con mi ojo izquierdo.
¿Cómo les explico yo
que todo está bien,
que simplemente
ese es el ojo
con el que veo a mis fantasmas?
Esta primavera está resultando ser una Semana Santa en donde nadie resucita. Me estoy acordando mucho de lo bueno que era mi padre inventándose las cosas que no sabía. Ese es el ingrediente clave para que un padre te fascine durante toda tu infancia y te defraude durante el resto de tu vida. Mi paternidad es una maravilla sin audiencia. Este es un asunto tan triste como la tristeza que sentía mi abuela cuando alguna vez me veía adelgazar. Con la de cosas que tengo que decir. Con la de cosas que tengo por enseñar y, sin embargo, los ojos cada vez se me van afilando más para solo ver a mis fantasmas. Yo, como todos, fui hijo de gigantes. Mi padre lo sabía todo hasta que no supo nada. A los doce fui consciente de que yo sabía más que él de matemáticas y de que yo comprendía mucho mejor que mi madre el mundo que me rodeaba. Eran gigantes y yo les superé; así que deduje que nunca fueron personas admirables. ¿Y si me equivoqué? ¿Y si resulta que, en realidad, a mi edad, mis padres sí fueron ...