¿Y no será
que a la gente
a la que tanto le gusta viajar,
en realidad,
no le gusta la vida?
¿No serán
unos energúmenos
incapaces de enhebrar la felicidad
si no es
muy de vez en cuando?
Porque si les gustara la vida
la mitad
de lo que yo la odio
o la amo
se darían cuenta
de que lo natural
es sobrenatural casi siempre.
Mi escritorio
tiene solo cuatro años
y ya está hecho polvo.
Pero así son los muebles de ahora;
montones de madera
para gente que no tendrá hijos.
Serrín comprimido
para personas
que fundirán a negro
en la negrura.
Mi madre siempre ha sido
fiel seguidora
de Jean-Claude Van Damme.
Sé que cuando era joven,
en secreto, planeaba
aprender francés
para irse a Bruselas
y ligar con él.
Sin embargo,
las vidas cambian y titubean,
te aburres
de lo que eres
y te acercas a los opuestos.
Yo voto a Podemos
y quién sabe
si la próxima vez
no votaré al PSOE.
Sea como sea
últimamente mi madre
no para de hablarme
de películas protagonizadas
por el malo de Soldado Universal,
el rubio,
el alto,
el Pol Durmen ese.
Ahora que está
cargada de fantasmas,
mi madre dice
que ya no cree en ellos.
Yo a mi madre
la empiezo a tratar
con cierto desprecio,
con cierta certeza
de que mi verdadera madre
ha desaparecido
para dejarme
a esta suplente descafeinada.
'Pero mama,
ahora que se ha muerto el papa
y el yayo,
ahora que tienes fantasmas
con los que hablar,
¿vas a dejar de creer en ellos?'
Y ella asiente.
Casi contenta,
casi alegre
de traicionar
a tantos años de ser ella misma:
Mi madre,
la de las velas blancas.
La de ir a ver procesiones.
La de encender incienso
mientras le pedía a Dios
que mi padre
dejara de beber.
Y, sin embargo,
lo que más vivo me mantiene
es la posibilidad
de que ella se me muera.
Soy un terror que tirita.
Soy un hijo.
O sea,
alguien que siempre
se ha estado entrenando
para quedarse sin madre.
Cuando eso ocurra,
sonreiré una lágrima
cada vez que pongan en la tele
películas del rubio ese,
el malo de Soldado Universal,
ese actor
que mi madre siempre creyó
que se llamaba
Pol Durmen.
Yo solo me como las uvas de Fin de año, porque temo que si no lo hago, ese año muera mi madre. El otro día escuché un podcast en el que un médico hablaba de la cercanía de la inmortalidad. Decía que está a la vuelta de la esquina, para todos, en menos de 30 años. Pero de aquí a 30 años, mi madre, con su nombre de montaña, ya no estará viva. ¿Para qué querría un hijo echar de menos a sus padres de manera interminable? Si nos volviésemos inmortales, ¿se borrarían las líneas de la vida de nuestras manos? Si yo nunca fuera a acabarme, ¿me molestaría en seguir sonriendo a los pájaros del Delta, en señal de tímido agradecimiento por la primavera? Almacenaría tantas memorias a lo largo de los siglos, que me pregunto si mi cerebro no sobreescribiría los recuerdos que tengo de mi abuela cuando me quería. Cuando me besaba en la mejilla y me pedía que tuviera cuidado con los chicles, porque resulta que si un niño se traga un chicle, este se le puede pegar en el corazón. ¿Se puede seguir siendo hu...