Estos días
he estado teniendo el sueño
tan frágil
como el de un superhéroe.
Lo estoy presintiendo todo.
Primero vendrán
los informativos
retransmitidos
desde la luna.
Después, como es lógico,
llegarán
los primeros conciertos lunares
con un ligero desajuste
en la sincronización
de las canciones.
Después comenzarán
las extracciones:
la minería de tierras raras.
La materia prima
para construir
cosas
totalmente secundarias.
Al final,
habrá anillos de pedida
con incrustaciones
de roca lunar.
Prefiero no imaginarme
la desesperación
del mar
cuando comiencen
a desmantelar a su amante.
Suministros. Recursos.
Un gran cadáver estelar
recorrido por carritos de golf
conducidos por astronautas
saqueadores.
Tumbadas
en sus camas,
algunas parejas
a punto de casarse
sonreirán y harán planes.
Uno de los dos
estirará una mano
y dirá
'mira, la luna'.
Mientras, en realidad,
ahí fuera
la están desmontando
con taladros y grúas.
Esta primavera está resultando ser una Semana Santa en donde nadie resucita. Me estoy acordando mucho de lo bueno que era mi padre inventándose las cosas que no sabía. Ese es el ingrediente clave para que un padre te fascine durante toda tu infancia y te defraude durante el resto de tu vida. Mi paternidad es una maravilla sin audiencia. Este es un asunto tan triste como la tristeza que sentía mi abuela cuando alguna vez me veía adelgazar. Con la de cosas que tengo que decir. Con la de cosas que tengo por enseñar y, sin embargo, los ojos cada vez se me van afilando más para solo ver a mis fantasmas. Yo, como todos, fui hijo de gigantes. Mi padre lo sabía todo hasta que no supo nada. A los doce fui consciente de que yo sabía más que él de matemáticas y de que yo comprendía mucho mejor que mi madre el mundo que me rodeaba. Eran gigantes y yo les superé; así que deduje que nunca fueron personas admirables. ¿Y si me equivoqué? ¿Y si resulta que, en realidad, a mi edad, mis padres sí fueron ...