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El abandono de las fechas

Desde que hace
varios años
que ha muerto mi abuelo
he comenzado un proceso
de abandono de las fechas.

Lo sé.
Sería más gramatical
usar un pretérito perfecto simple.
Pero como dice el chiste
la muerte de mi abuelo
es pretérita,
pero no ha sido ni perfecta,
ni simple.

Quiero que llegue un momento
en el que ya no sepa si ‘Enero’
es un día de la semana
o un estupendo nombre para un perro.

Esto no es por la tristeza.
Lo prometo.
Esta no es una manera de agachar la cabeza.
No abandono las fechas
porque quiera enterrar
detrás del jardín de casa
el sombrío ábaco
con el que se van calculando
mis males.

Lo que me pasa
es lo que siempre me ha pasado:
Mi vida me parece mayor
que la mayor de las muertes
y no necesito saber qué día es,
ni en qué día vivo
mientras siga vivo.

No celebro mis cumpleaños.
Tampoco miro
los décimos de lotería que me regalan.
A nada aspiro.
Me basta
con que de vez en cuando
repinten los pasos de zebra
de la ciudad en donde vivo.

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