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Efervescencia programada

Mi madre está bien de salud.
Bueno, no. Está mal
pero está igual de mal que siempre.
El problema no es ese.
El problema es que mi madre
está efervesciendo.

Mi madre se me diluye
como si los años
la estuvieran
rebajando con agua.

Ya no escucha La Pantoja,
ni George Michael,
soy yo, su hijo,
quien ha recogido el testigo
de las cosas que le gustaban.
Ahora soy yo quien
tararea Marinero de luces
o Freedom mientras hago
las tareas de casa.

Ayer me preguntó por teléfono
a qué partido tiene que votar.

Estoy empezando a ser yo
quien tiene que decirle a mi madre
quién es.

Menudo overbooking de sombras.
Menudo fastidio.
Menuda tristeza
este bajo grado de beligerancia
que tiene mi madre
para preservarse del fuego,
del hielo,
del tiempo
o de lo que sea que quiera
deshacerla.

Mi madre se está derritiendo
y yo soy su bastión de identidad.

Qué curioso
que esta madre aguada
me esté convirtiendo en un ser
tan altamente inflamable.

Pero mi madre está bien.
La muerte aún no aúlla en su puerta.

Esto trata de mí
intentando todo el tiempo
devolverle la forma que tenía antes.
Antes cuando ella era una madre joven
y yo un niño
que comía sandía con su abuelo.

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