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Admonición

No soy viejo, pero ya empiezo
a tener cierta edad.
La suficiente, al menos,
como para que mi corazón
no esté a merced de los vientos. 

Y sin embargo,
lo que quiero
es que me anuncies el final del peligro.
Necesito que allanemos todas las moradas;
que follemos
de tal modo
que moneticemos
nuestra juventud en sus últimos rescoldos.

O simplemente
volvámonos naranjas junto al fuego
o azules
frente al hechizo del televisor. 

Tengamos una casa frente al mar
y que las olas
sean perros
que vienen a lamernos los pies. 

Seamos grandes, multitudinarios.
Vayamos a las zonas más concurridas
de la ciudad
y allí
dame besos
que alteren el orden público. 

Alfabeticémonos juntos
en las cosas difíciles de la vida.
Susurremos chistes al oído del otro sobre el cáncer,
o sobre el hambre
o sobre las guerras que no nos afectaron:
Solo quiero decirte
que nos convirtamos en el único lugar
en donde el otro sea incívicamente libre. 

Espero que todos los días
de esta mortalidad nuestra
terminemos el día
comiendo grasas saturadas
y dando las gracias,
con una amplia sonrisa,
por la buena suerte
de haber tenido mala suerte juntos.

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