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Ya no me apetece nada escribir.
El Covid y las constantes olas de calor
(cada vez más frecuentes y más históricas)
están ralentizando el metabolismo
de todo lo que quiero decir.

Qué pena.
Yo antes venía aquí tan alegre.
Yo era
uno de esos pocos escritores
que no temen a la página en blanco.
Todo lo contrario; para mí
escribir
era como repartir
caramelos
en una fiesta de cumpleaños.

Yo no era un poeta.
Yo era un bañista
que se tiraba de cabeza
a la página en blanco.

Y ahora, sin embargo,
escribir me duele y me cuesta tanto.
Si lo comparo con algo,
por absurdo que parezca,
ahora escribir
se me parece
mucho
a tratar de arrancarle
una muela a Dios.

Hace 20 años,
cada verano
las noticias ponían imágenes
de hidroaviones regando incendios.

Se hacían campañas publicitarias
para luchar contra el fuego.
Se componían canciones pegadizas
para la ocasión, como aquella
en la que un montón de gente
se daba la mano
mientras cantaba
¡Todos contra el fuego!
Como si el fuego
fuera la ETA
que asesina montes.

Ahora apenas hay campañas publicitarias
contra el fuego.
¿Para qué?
¿Para qué estudio?
¿Para qué ahorro?

Antes vivir era olvidarte de que vas a morir.
Ahora vivir
es olvidarte de que el mundo está ardiendo.

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