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36 años

He cumplido 36 años
y el cuchillo más afilado de mi casa
lo guarda mi novia
debajo de su almohada.

No sé por qué. Quizá sea
la euforia del perdedor.
Pero hay algo hermoso
en tener la edad que tengo
y descubrir
que los sueños
hondean a media hasta
entre lo sublime y las cosas
que se van dejando pasar.

Tengo 36 años
y me deleito con los personajes
que encuentro en el espejo cuando me afeito.

Siempre me afeito igual:
Primero me rasuro la barbilla
y hago poses como si fuera Mr Satan de bola de Drac.
Luego me voy recortando las puntas del bigote un poco más
hasta parecerme a Nietzsche.
Seguidamente recorto más
hasta que llego a ese segundo tenso
en el que frente al espejo
soy Adolf Hitler.
Finalmente, no sin dedicarme una sonrisa,
me siego el bigote.

¿Oís el murmullo?
¿No? Yo sí.
Es la máquina del tiempo.
Recién afeitado
vuelvo a ser
el niño al que su madre dejó en párvulos
con un paquete de Donuts
y un beso lanzado desde la puerta.

Ha ido pasando el tiempo.
Andrea y yo estamos bien.
Tenemos turbulencias en el cuerpo
pero poco a poco
vamos alfabetizando
todos nuestros sentimientos.

¿Qué otra cosa
le puede importar a un hombre?
Solo esto. Seguir teniendo ojos
para la familia numerosa
de sentimientos que asoman
en una vida normal y corriente
como la nuestra.

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