Unos años atrás,
mi madre y yo apenas nos hablábamos.
Nuestra relación era buena
pero éramos estrictamente familia:
personas que se quieren
sin tener con qué quererse.
Veíamos pelis,
de vez en cuando comíamos juntos.
Pero nuestras conversaciones
no iban más allá
de quitarle el polvo
a los temas de siempre.
Ahora es distinto.
Desde que murieron mis abuelos,
mi madre y yo hablamos
porque hablamos de ellos.
Los recordamos, le dibujamos al otro
nuestras fotos mentales
y entretejemos
nuestras versiones de los hechos.
A veces los sentimos tan cerca
que parece que, a pesar de estar muertos,
nuestros muertos nos unieran
estrechándonos la mano,
para formar un círculo
que nos recuerda
que somos parte de algo.
Esta primavera está resultando ser una Semana Santa en donde nadie resucita. Me estoy acordando mucho de lo bueno que era mi padre inventándose las cosas que no sabía. Ese es el ingrediente clave para que un padre te fascine durante toda tu infancia y te defraude durante el resto de tu vida. Mi paternidad es una maravilla sin audiencia. Este es un asunto tan triste como la tristeza que sentía mi abuela cuando alguna vez me veía adelgazar. Con la de cosas que tengo que decir. Con la de cosas que tengo por enseñar y, sin embargo, los ojos cada vez se me van afilando más para solo ver a mis fantasmas. Yo, como todos, fui hijo de gigantes. Mi padre lo sabía todo hasta que no supo nada. A los doce fui consciente de que yo sabía más que él de matemáticas y de que yo comprendía mucho mejor que mi madre el mundo que me rodeaba. Eran gigantes y yo les superé; así que deduje que nunca fueron personas admirables. ¿Y si me equivoqué? ¿Y si resulta que, en realidad, a mi edad, mis padres sí fueron ...