El otro día
un árbol me sonrió
a través de sus pájaros.
Ya tengo 39 años
y lo más destacable
de esta edad
son los preparativos mentales
que voy haciendo
para despedirme de mi madre.
La muerte de mi madre
no debe pillarme
sin las maletas hechas;
sin el traje limpio y planchado
para asistir a su funeral.
Tengo 39 años y es agradable,
y sorprendentemente bueno,
ver cómo mis amigos
van embarcándose en sus edades
siendo prácticamente los mismos.
Algunos tienen algo menos de pelo.
Otros son más realistas
con el tamaño de sus sueños,
pero esencialmente
todos siguen
siendo ellos
por ahora.
Sé que mi vida
va a ir convirtiéndose en el temor
de vigilar ese 'por ahora'.
Comparar, por ahora, el mundo
con el estado de mi madre.
Pensar en su siguiente cita médica.
Recordar su dolor de rodilla,
urgirme a vivir
en los compases de espera
de mi madre.
No pasa nada.
Esto forma parte del todo.
Voy perdiendo cosas
mientras noto
que por fin tengo
la equipación correcta
para hacer bien las cosas.
Tengo 39 años
y solo puedo dar fe
de que la vida no es buena,
aunque sea hermosa.
A veces los fantasmas, no son más que personas invisibles y enfadadas. Siempre pensé que mi padre era una cosa y yo era otra. Pero ahora me pregunto si no soy solo un vehículo para que él regrese. Lo noto. Noto a mi padre a punto de irrumpir en mí. Empiezo a ser incapaz de sonreír en las fotos. Empiezo a tener esa misma mirada sardónica de persona que desafía a la vida a que se lo quite todo. El otro día volví a ver por enésima vez Terminator 2. Hay un momento en que Sarah Connor le pregunta al Terminator si sus heridas cicatrizarán. El Terminator responde que sí y entonces, con piedad, con curiosidad infantil, John le pregunta al Terminator: '¿Te duele cuando te disparan?' Y él responde que los disparos generan datos, y que los datos podrían llamarse dolor. Amazon tiene la irresponsable costumbre de enseñarme fotos de hace tiempo. Últimamente no para de enseñarme fotos con Andrea. Lo que Amazon no sabe, es que esas fotos ni siquiera son fotos d...