1
Se acababa de abrir una Bud. Se la había servido en una copa fría y había conseguido dotarla de los
dos dedos de flequillo de espuma deseables. Cuando hace calor, la cerveza es la mejor bebida del
mundo.
Ese día estaba destinado a ser un bonito día. Su hijo y el de su mejor amigo, Desmond, estaban
echando unas canastas delante de ellos. Este se hallaba sentado en la silla plegable de al lado, en el
jardín de Ray, delectándose tanto como él con ese antiquísimo hallazgo bebible que era la cerveza.
Antiquísimo, pero solamente bien enfocado a partir del siglo XIX, cuando la refrigeración industrial
permitió el reparto de grandes bloques de hielo durante todo el año.
—Por mi nevera —dijo Ray.
—Venga, y por la mía —respondió Desmond.
En una altísima y brumosa montaña del Cáucaso, Prometeo acaba de emitir el primer gruñido del
día que no se debe al picotazo del águila de Zeus; le ha dolido que dos amigos de Nueva Inglaterra
estén brindando por la domesticación del hielo.
El paladar de Ray iba a reencontrarse con el segundo sorbo de ese helado bálsamo cuando notó que
su cara había dejado de recibir el calor del sol. Abrió los ojos, deseando que un inocente y
gigantesco cumulonimbus fuera el responsable... Pero no. El peor de sus temores había venido a visitarle justo hoy: su hijo Jack había realizado su primer
vuelo involuntario. El chaval había saltado hacia la canasta con una lentitud tan poco cinética como
inexplicable.
—¡Vaya salto, tu chaval!
Ray apoyó la copa en el reposabrazos de la silla plegable y respondió con una lentitud que se
parecía a la tristeza.
—Ya...
Ray se puso rápidamente en pie, cogió la pelota de baloncesto antes de que los chavales reanudaran
el juego y se quejó amargamente:
—¿Para qué coño me gasto el dinero en una piscina si no se bañan ni los patos, joder? ¡Poneos ya el
bañador, coño!
Los chicos se fueron a la piscina.
Pero para Ray, el día se había nublado irremediablemente.
2
Ray miró hacia ambos lados, como quien quiere ser cauto antes de cruzar una carretera muy
peligrosa. En realidad, solo quería saber si Rose estaba por el jardín.
Como no había moros en la costa, abrió la nevera portátil y le ofreció una lata a su hijo.
—¿Quieres? No sé si ya bebes.
—Puaj. Eso está amargo.
—Pero ya tienes quince, ¿no? ¿No te has cansado todavía de las cosas dulces? Lo dulce cansa más.
De verdad. Es... Beberse una Fanta es como escuchar un disco pop. Pegadizo, superficial. Lo
amargo es mejor con el tiempo.
Jack miró a su padre con una mirada que parecía decir:
«Ojalá tuviera el dinero suficiente para internarte ya en un geriátrico.»
Ray suspiró, hundió la mano en la sopa helada de la nevera y rebuscó hasta que sus dedos, como
fumadores pasivos de unas clases de braille a las que nunca había asistido, encontraron una Fanta.
—Toma.
—Eso sí. Gracias.
Abrieron las latas casi al unísono.
Ray había preferido no sacar su copa porque, así, de algún modo, iniciarían el diálogo desde una
postura muy similar. Como si su hijo fuera realmente una miniaturización de él, cosa que, a juzgar
por el cuerpo que ya había echado su hijo, no era ya del todo así.
—Me di cuenta el otro día.
—¿Cuenta de qué?
—Chaval, el salto ese. Ni llevando unas Jordan de doscientos pavos.
—Bueno. No siempre puedo. A veces me sale solo.
—Ya, ya lo sé.
—¿Tú también puedes?
—Podía.
—¿Podías?
—Sí. Se me estropeó. De no usarlo, supongo.
—Ah, ¿te daba miedo que te grabaran y lo subieran a TikTok o algo?
—¿Que lo subieran a TikTok? Ja, ja. Chaval, cuando yo dejé de volar aún no había esas cosas.
Había discos de los Smashing Pumpkins.
—Coño. Perdón... ¿Y por qué dejaste de saltar?
—No se trataba de saltar. La cosa va más lejos. Mi padre... Tu abuelo. Bueno, mi padre, porque
nunca lo llegaste a conocer y nunca pudo llegar a convertirse en tu abuelo, volaba mucho. Lo que
oyes. Él salvaba gente. O lo intentaba. Creo que en su vida salvó solo a tres o cuatro personas.
—¿Y qué le pasó?
—Un día le falló el vuelo y se mató. Así de fácil. Yo ya conocía a tu madre. Tu madre sabía que el
abuelo volaba... Tu madre sabía que yo también volaba un poco.
—¿Te pidió ella que dejaras de volar?
—Lo entendí después de que nacieras.
3
Algo se interponía entre el manto del sol y la cara de Jack.
Abrió los ojos mientras sentía un vuelco en el corazón.
Solo era un cumulonimbus.
Margaret salió a la terraza con una taza humeante.
—¿Otra nube grande?
—Sí...
—Oye, ya nunca tomas poleo, ¿no?
—No se recomienda, es abortivo. Por eso ahora me paso a la manzanilla. Por un tiempo —añadió
Margaret con un guiño.
—¿Por qué tú sí has seguido volando? Entiendo a tu madre. A mí me inquieta.
—No lo hago mucho. Tengo miedo a que alguien lo grabe. Ya lo sabes.
—Ya, pero lo sigues haciendo.
—Sí.
—¿Por qué?
—Mi padre lo dejó porque vio lo que le pasó al suyo volando. Yo sigo volando porque he visto lo
que le pasó al mío por haberlo dejado.
A veces los fantasmas, no son más que personas invisibles y enfadadas. Siempre pensé que mi padre era una cosa y yo era otra. Pero ahora me pregunto si no soy solo un vehículo para que él regrese. Lo noto. Noto a mi padre a punto de irrumpir en mí. Empiezo a ser incapaz de sonreír en las fotos. Empiezo a tener esa misma mirada sardónica de persona que desafía a la vida a que se lo quite todo. El otro día volví a ver por enésima vez Terminator 2. Hay un momento en que Sarah Connor le pregunta al Terminator si sus heridas cicatrizarán. El Terminator responde que sí y entonces, con piedad, con curiosidad infantil, John le pregunta al Terminator: '¿Te duele cuando te disparan?' Y él responde que los disparos generan datos, y que los datos podrían llamarse dolor. Amazon tiene la irresponsable costumbre de enseñarme fotos de hace tiempo. Últimamente no para de enseñarme fotos con Andrea. Lo que Amazon no sabe, es que esas fotos ni siquiera son fotos d...