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Una de tantas

A los 40 años
mi padre dejó de sonreír en las fotos.

Internet.
Las ofertas de trabajo
para las que era obligatorio
saber inglés.
La urbanización
de la Trinitat Vella,
el barrio en donde creció
y en donde le gustaba quemar rastrojos
con los vidrios rotos
de las Xibecas
que los golfos del barrio
dejaban tiradas por la hierba.

Hace tanto que presiento la muerte de mi padre.

A los 50 años
se quedó sin dientes
y yo era el único que le creía
cuando nos decía
que no le gustaba
comer ni sonreír
con la dentadura postiza.

Llevo tanto tiempo
presenciando
la obsolescencia programada de una persona.
Su modo de dejar de funcionar.
Su modo de volverse incapaz para todo.

Mi padre.
Mi padre.

Mi padre lleva 20 años
siendo el principal sospechoso
de su propio asesinato.

Por eso yo lo he matado tanto.
Por eso he visto tantas veces
sus labios azules
y su cara blanca.
Por eso lo he enchufado a una máquina de hospital.
Por eso le he puesto un batín
de enfermo 
y he aplanado 
las montañas
de su electrocardiograma. 

Por eso.
Por eso.

Por eso
lo peor no es que ayer
se muriera mi padre.
Lo peor
es que la de ayer
es solo una de tantas muertes
que aún le quedan por morir
dentro de mí.

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