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Un paisaje helado

Una estupidez me ha hecho acordarme de Annie:
Ernesto nos ha explicado
que un día, después de que
entrara en vigor
el decreto que prohibía
la venta de alcohol en comercios después de medianoche,
entró en un establecimiento de paquis
buscando redondear su borrachera
con una última cerveza.

No se la vendían. No querían líos con la policía.
Ernesto, mi pobre Ernesto, que había estado bebiendo
durante toda la tarde
hasta ahogar en una piscina
casi todas sus consonantes
les repuso, socráticamente:
"¿Te parece que soy un policía?
Y, si lo fuera,
te parece que ahora mismo
yo tengo la capacidad de multarte?"

Le dejaron irse con una cerveza.

Me he acordado de Annie, de su pelo, de sus tacones
y de sus piernas largas como edificios.
Me he acordado de ella porque una noche,
después de que la venta de alcohol
quedara prohibida pasadas las doce
se metió en un paqui a las dos de la mañana
a buscarme unas cervezas.
Entró. Miró directamente a los ojos al tipo del mostrador
y se señaló el bolso,
descorrió la cremallera,
desenfundó tres dedos largos, eternos con sus uñas
pintadas de rojo,
se acercó a la nevera y cogió para mí
tres cervezas que se metió en el bolso.
Dejó un billete sobre el mostrador y
salió de la tienda rotundamente,
hechizándolos a todos
con su borrasca afrodisiaca.

Cuando se reunió conmigo en la calle,
me dio las tres cervezas como si nada
y yo las recibí como si todo, poniendo la misma cara
que pondría un niño
al que los Reyes magos
le han traído demasiados regalos.

Solo en momentos así, con Annie,
el amor no era como esas rosas lejanas
que siempre parecía que estarían
al otro lado de las vallas.

Este es uno de esos datos
que me llevará a la vejez.
Este es
el fuego en el que pensaré
cuando empiece a convertirme
en un paisaje helado.


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