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¡Me cago en La Habana!

Supongo que era
por su rudimentaria educación religiosa,
pero para haber pasado una guerra,
con su hambre, sus bombas,
sus enemigos
y sus cadáveres atascando los ríos,
mi abuelo hablaba con mucha corrección;
nunca blasfemaba,
nunca se cagaba en Dios,
ni en la virgen;
ni siquiera
en ningún santo
por menor que fuera su cargo.

Lo que sí hacía mi abuelo,
como hacer caca
es inevitable,
era cagarse en Diez
o en la Mar Serena.

Las dos expresiones me hacían mucha gracia
por motivos obvios.
Imaginarme a mi abuelo cagándose
sobre la cara de diez personas…
¿Y por qué en diez?
¿Cómo las elegía?
¿Tenía que estar enfadado
con diez personas a la vez
para poder decir
que se cagaba en Diez?

Me hace gracia pensar en mi abuelo
apuntando en una lista
el nombre de la gente que le iba cayendo mal
hasta que por fin
llegaba a diez
y podía cagarse en ella.

Pero todavía
me parecía más raro
lo de cagarse en la Mar Serena.

¿Es que mi abuelo prefería el mar embravecido?
¿Es que mi abuelo odiaba a todos los marineros del mundo
y deseaba
que todos los barcos naufragaran?

Había un último sitio
sobre el cual también se cagaba:

No sé de qué desventurado colono
o de qué melancólico militar extremeño
le provenía esta expresión,
pero cuando a mi abuelo
algo le hacía gracia
o le indignaba muy poco
se cagaba
en La Habana.

Podría decirse
que esta era una caca afectuosa.
La utilizaba, por ejemplo,
cuando me recogía
de la escuela
y me preguntaba
que cómo me había ido el cole,
yo le respondía que mal
porque tal o cual profe
me tenía manía.
Era entonces
cuando él,
en lugar de cagarse en Diez
o en la Mar Serena
me cogía de la mano,
me la apretaba,
y se cagaba en La Habana.

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