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El crimen alegre

Anabel me parece
tan hermosa como inquietante.
Es como cuando vas por la calle
y te encuentras
con una mujer embarazada que fuma.

La ves, y la boca se te abre
con una pregunta
¿Por qué lo hace?

Anabel está tan delgada
que se ha convertido solo
en un par de ojos que me miran
para pedirme que la proteja del viento.

A veces sí, me parece posible.
A veces creo
que juntos seríamos capaces
de detener nuestras hemorragias y
de darnos la mano en la playa
cuando las olas
vengan a estrellarse contra nosotros.
Otras veces, simplemente pienso
que hay pájaros fríos en la ventana.

Porque la vida está llena de
cosas que se convierten en otras cosas que
te obligan a convertirte en otra cosa.

Lo contrario es la nieve.
Lo contrario es permitirle al invierno
que sonría en los huesos que te rompiste
cuando eras un niño.

He removido la cuchara en el café;
he trazado muchos remolinos de café en mi taza
mientras sopesaba lo que es el amor.
He llegado a la conclusión
de que el amor es esto:
ir grabando historias, unas encima de las otras,
en el casete
donde grabaste la primera de todas:
Cada vez
hay más distorsión. Cada vez
todo se escucha peor.
Hasta que ya no. Hasta que de repente
baja otra primera historia
clara y rotunda.

Creo que vamos a pasarnos
lo que queda de invierno
con el corazón brillante, rechazando el viento y
haciendo que la nieve se esconda de nosotros,
bajo los porches como
un gato asustado.

A veces vendrán sonrisas cansadas,
gestos hechos con poco combustible
y entonces
tendremos que conformarnos con la vida.
¿Porque si no qué?
¿Dónde sería?
¿Dónde tendría lugar
el crimen alegre
de amarnos?

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