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The Wizard

No, joder.

No podía acertar el número de la lotería. Tampoco podía saber qué empresas cotizarían mejor en bolsa, ni quién ganaría la Super Bowl, pero William podía decirte con bastante exactitud cuándo morirías, si tus sueños se harían realidad o si tus hijos serían o no felices.

Pero un momento, ¿por qué cojones un adivino tan poderoso no podía decirte el número de la lotería, ni acertar quinielas, ni usar su magia para ganar dinero? ¡Ja! Pues porque sus poderes no funcionan así: William no “adivinaba” las cosas a través de imágenes, sino que era capaz de leer el destino textualmente. Visualizaba las vidas de las personas como si fueran líneas de un guion ya escrito; El Mago captaba los rostros de la gente como si fueran fotos de carné enganchadas a un currículum en donde figuraba una sinopsis de su vida.

No, era imposible modificar el destino. William lo sabía mejor que nadie: a los 15 años se agachó para atarse los cordones de una bamba y vio reflejado en un charco de lluvia que iban a darle una paliza aquella misma tarde. Cuando terminó de atarse la bamba resopló, hizo acopio de toda su paciencia, sacó unos centavos del bolsillo trasero de sus vaqueros y llamó a su madre desde una cabina para pedirle que pusiera agua en las cubiteras del congelador.

¿Ha sabido monetizar William sus poderes? No, no ha sabido. Él os juraría que lo ha intentado por todos los medios. ¡Por Dios!, pero si hasta se compró una bola de cristal (de plástico), un tapete color burdeos y un gorro de punta. El problema no era su aspecto; el problema era que la gente que venía a que le leyeran el futuro era la misma que consumía homeopatía: no venían en busca de la verdad, sino en busca de que les mimasen con las predicciones que deseaban oír. El público de William era siempre gente normal, desesperada por la jaula de normalidad en la que habitaban sus vidas: gente ahíta de que fabricasen para ellos buenas noticias. Pero William nunca mentía. Aunque era una persona compasiva y empática nunca dulcificaba o distorsionaba el conocimiento que sus poderes le revelaban.

A las pocas semanas de que el mundo empezara a convulsionarse debido a las transformaciones espontáneas, William decidió retirarse del uso público de sus poderes. Sí, la gente acudía con su dinero al garito de El Mago en la calle catorce, pero William notaba en su mirada esa amenazante exigencia: Maldito mago de pacotilla, cuando te pregunte si yo o alguien de mi familia va a transformarse y me digas que sí… te mataré, cabrón.

No solo el miedo desterró a William de ser El Mago, también la tristeza desempeñó su papel. Uno de sus últimos clientes fue una chica de 15 años. Samantha se había privado durante dos semanas de ir al cine, de comprar chucherías y maquillaje, para reunir los 30 dólares de su semanada que ahora arrojaba nerviosamente sobre el tapete burdeos de El Mago.

-Dígame la verdad, ¿me voy a convertir?

William sintió cómo la mirada de la joven, circuncidada por un coctel de ojeras y lápiz de ojos, se le hincaba en su propia mirada. Era como si los ojos de la chica hubieran venido a atropellar a los suyos.

Y entonces William lo vio: vio el texto de la vida de Samantha. Era un texto breve que finalizaba con la palabra zombie.

William se buscó un trabajo corriente, tiró a la basura la bola de cristal (de plástico) y recicló el tapete burdeos como posalatas de cerveza.

Aunque ya no ejerciera como El Mago, de vez en cuando le gustaba usar sus poderes; acariciar su don poniéndolo en práctica en privado. Se daba cuenta de que si usaba Google Maps y se concentraba en el mapa de alguna ciudad podía leer una sinopsis sobre esta. Sabía cuántos años faltaban para que Nueva York fuera pasto de las llamas, pero no le importaba demasiado, porque para entonces él ya habría muerto.

Poco a poco, a pesar de que le producía ansiedad y le aterrorizaban las posibilidades, William fue alejando el zoom en Google Maps… Con el tiempo, se atrevió incluso a desentrañar el destino de Estados Unidos. Y más tarde el de toda América y el del resto de continentes. ¿Y qué pasaría con la Tierra? ¿Debería William usar Google Earth y leer el destino del planeta? Por supuesto, no debería hacerlo. Por supuesto, lo hizo. La sinopsis era tan aterradora como maravillosa:

La robótica haría que las clases bajas y media desapareciesen. Ya no había trabajo suficiente como para que los sistemáticas económicos tuvieran sentido.

Con el pasar de los siglos la humanidad triunfaría de un modo distinto al esperable: la especie no se expandiría, sino que se concentraría. Cada vez habría menos individuos, pero estos cada vez serían más inteligentes y entrarían menos en conflicto los unos con los otros. Lentamente, el mundo quedaría en manos de una oligarquía reducidísima de seres humanos que disfrutaría de un planeta tierra renovado y salvaje. Serían como reyes paseando por un zoológico infinito.

Siglos más tarde esta reducidísima oligarquía pensaría que no tenía sentido que sus mentes estuvieran separadas por los límites corporales, así que se fusionarían en una única inteligencia que lucharía por sobrevivir a la extinción del sistema solar.

Una vez que el sistema solar colapsara La Inteligencia iría a la deriva por la Galaxia. Al principio la pirotecnia del universo le fascina y le entretiene, pero poco a poco, pasada una indeterminable cantidad de eones, el universo empieza a apagarse y a volverse cada vez más oscuro. La inteligencia se aburre, se adormece.

En un determinado momento, en mitad de su navegación nocturna, La inteligencia tiene una idea genial. Abre uno de sus ojos, chasquea los dedos y se oye una detonación.

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