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Pececillos de plata

En el colegio, los niños los llamábamos ‘cortapichas’; hablo de esos bichos plateados que parecen ciempiés pequeños. En casa vemos alguno casi a diario. Andrea dice que salen de los muebles viejos de esta casa. Esta casa que compró mi abuelo, con el sueldo de la fábrica de seda en donde entró a trabajar cuando llegó del pueblo. Yo sé que algún día nos mudaremos. Algún día Andrea y yo nos llevaremos nuestro amor a otra parte. Pero mientras tanto, me resisto a hacer reformas. Me cuesta desprenderme de las cosas. Me opongo automáticamente a los cambios buenos que me propone Andrea. Por ejemplo, no soy nada partidario de suplantar a estos ancianos carcomidos, por esbeltos suecos sin alma del país de Ikea. La razón es bien sencilla. Mi padre y mi abuelo están muertos, pero puedo hablarles de ellos a estos muebles y a esta casa que encaja tan bien en el mapa de mi infancia. Yo sé que un día Andrea y yo nos llevaremos nuestro amor a otra parte. Será un sitio mejor. Estaremos hinchados de dich...

La reedición de un sitio

Fíjate en lo que nos está costando el futuro: todo el presente. Yo antes quería tener hijos, pero ahora tengo miedo: de que Putin acelere el fin del mundo, o de que nos quedemos sin agua, o de que ocurra todo lo contrario y se fundan los casquetes polares y La Tierra se convierta en El Agua. Y a pesar de todo este miedo, todavía no sé si lo que me da más miedo es la posibilidad de no encontrarme nunca con una peonza en el cajón de los cubiertos. Para ir al trabajo paso siempre por delante de ‘La Granja’, el barrio en donde vivía mi abuelo. En unos pocos años el barrio se ha ido transformando tanto, que prácticamente han desaparecido todos los comercios que yo conocía y todos los vecinos de mi abuelo. Aquellos viejos que regresaban a esa redondez de los niños gordos y que me sonreían al verme llegar desde lejos, y me daban la mano, o un abrazo, o me besaban en la mejilla. Me alegra que estén muertos igual que me alegra que la panadería de ‘El Marcial’ ya no está regentada por ‘El Marcia...

El abandono de las fechas

Desde que hace varios años que ha muerto mi abuelo he comenzado un proceso de abandono de las fechas. Lo sé. Sería más gramatical usar un pretérito perfecto simple. Pero como dice el chiste la muerte de mi abuelo es pretérita, pero no ha sido ni perfecta, ni simple. Quiero que llegue un momento en el que ya no sepa si ‘Enero’ es un día de la semana o un estupendo nombre para un perro. Esto no es por la tristeza. Lo prometo. Esta no es una manera de agachar la cabeza. No abandono las fechas porque quiera enterrar detrás del jardín de casa el sombrío ábaco con el que se van calculando mis males. Lo que me pasa es lo que siempre me ha pasado: Mi vida me parece mayor que la mayor de las muertes y no necesito saber qué día es, ni en qué día vivo mientras siga vivo. No celebro mis cumpleaños. Tampoco miro los décimos de lotería que me regalan. A nada aspiro. Me basta con que de vez en cuando repinten los pasos de zebra de la ciudad en donde vivo.

El avance de las llamas

El paso de una vida por el tiempo es siempre como el avance de las llamas de un incendio en verano. Todos los diarios personales deberían titularse: “El avance de las llamas”. Bah. Pasan los años y voy perdiendo puntualidad y pelo. Ya no soy joven. Da igual que no tenga arrugas, ni enfermedades, ni apenas canas. Ser joven es tener tiempo para ser una promesa. Cuando yo era joven ni siquiera tenía miedo a morir de escorbuto como un viejo marinero, a pesar de que nunca comía fruta. Y ahora, cuando ya me clarean la barba y las cejas, empiezo a dar consejos que nadie me pide mientras pierdo las vitaminas como un zumo olvidado encima de la mesa. Desde que murió mi padre me he dado cuenta de que mucha gente tiene sus mismos ojos. O los ojos de mi padre eran muy vulgares, o antes de su muerte yo apenas miraba a los ojos de la gente Este párrafo se acercaría más a la verdad con un cambio de conjunciones: Y los ojos de mi padre eran muy vulgares, y antes de su muerte yo apenas miraba a los ojos...

Comida dulce fuera de la nevera

Mis abuelos eran muy graciosos y se querían mucho. En una excursión, en una de esas excursiones en la que a los viejos les regalan litros de aceite a cambio de que aguanten largas peroratas sobre duchas con hidromasaje, el autocar se les averió. Iba pasando el rato y la gente iba poniéndose de mal humor. Empezaron los murmullos sobre el conductor. Mi abuelo, como una especie de Clark Kent del humor, se escondió detrás de un árbol, se quitó toda la ropa y se hizo un taparrabos con una enorme hoja de plátano que se ató con el cinturón. Volvió a la carretera y, dando voces, anunció que aquella era una carretera india y que si no se marchaban pronto su tribu vendría y les arrancaría la cabellera a todos. 

De ese día hay fotos.
 Hay fotos de mi abuelo con un taparrabos confeccionado con una hoja de plátano mientras amonesta a sus compañeros de excursión. Cuando se hizo más mayor y ya apenas salía de su casa, veíamos películas del Oeste juntos en el canal 8 y siempre que salían los Indios ...

Quizá no había que matar a ese Terminator

Ni Sarah Connor ni John Connor. La otra noche soñé que Juan José Legrán e Iván Legrán (mi padre y yo) perseguíamos a un Terminator T-800 para matarlo. No sé cómo. Quizá nos envió las coordenadas el propio John Connor; la cosa es que sabíamos la ubicación exacta en donde el Terminator haría su aparición.

 Ya está. Ahí estábamos. Ahí estaban los rayos azules. Hojas de periódico empezaban a arremolinarse en espiral. El cielo se convirtió en histeria de gaviotas mientras Arnold Schwarzenegger se materializaba desnudo en mitad de un callejón. Mátalo, hijo. Me apremiaba mi padre. Yo empuñaba un lanza-misiles desde una azotea muy alta. ¿A qué esperas? ¡Dispárale ya! Dejé de mirar por la mirilla del lanza-misiles y cansado y triste empecé a escudriñar el rostro mal afeitado de mi padre. 

 ¿No te has parado a pensar que quizá este Terminator es bueno? 
 Quizá este Terminator ha venido a ayudarnos.
 Pero claro, tú solo recuerdas la película de los 80. 
La que viste cuando eras joven y acababas...

Polimorfia 16

Supongo que hoy hemos sido un par de zebras. Los coches nos dejaban pasar, y los conductores nos miraban atónitos.