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Oscuridades

Anda que no tengo yo oscuridades. La peor es el miedo a haber dejado de brillar durante el resto de mi vida. Anda que no tengo yo oscuridades. La peor es la certeza de saber que no corregiré tanta muerte con ningún nacimiento. No traeré ninguna flor nueva a esta tierra calcinada. Anda que no tengo yo oscuridades. La peor es vivir con los circuitos apagados. No querer que nadie nunca más me prenda fuego. Ya no tengo ganas de decirle de nuevo a ninguna mujer que quiero coger un tren hasta su coño, que quiero que llegue la noche para bañarla, para pasarle una esponja por el cuerpo con la misma devoción con la que mi abuelo le pasaba un trapo húmedo a su amado Seat Ritmo. Anda que no tengo yo oscuridades. La peor es que aunque no sé de qué se trata hay algo de lo que ya no quiero más. Todo lo que no sea escribir y mesarme la barba mientras converso con mis fantasmas será ganarme la vida mientras la pierdo. Se termina la juventud. Se acaba la garantía de fuego. Anda que no tengo yo oscurida...

De por qué desayuno siempre (y desayunaré siempre) leche con galletas

Soy un hombre más de salado que de dulce. Lo sabe todo el mundo. Ahora podría llevar más de 20 años sin comprar Nocilla si no hubiera sido por Andrea. Pero siempre he desayunado galletas y siempre va a ser así. El desayuno es lo que menos ha cambiado en mi vida y es la única comida que puedo replicar exactamente a como era en mi infancia. Siempre desayunaré leche con galletas, porque aunque mis abuelos y mi padre estén muertos, nadie puede prohibirme que vuelva a ser un niño de 8 de la mañana a 8:30.

Reencarnación en estornino

Soy un elefante que llora escuchando Beethoven. Estos días he caminado mucho por los caminos de la playa. Me encuentro con mucha lavanda que cabecea con el viento. La cojo. La aplasto entre las yemas de mis dedos y su olor es el de un mundo que funciona mejor. Siempre que huelo lavanda recuerdo un documental  que vi por la tele, en el que explicaban que los egipcios frotaban con lavanda los cadáveres para ahuyentar el olor a muerte. Camino por los caminos de la playa mientras se acalla todo el bullicio sentimental. Ahora que casi reina el silencio tengo claro que si algo  me ha demostrado Dios es su propia inexistencia. Da igual  que Dios no exista, existen los estorninos, con su pecho manchado de cosmos, y con su canto, al que los dioses solo podrían envidiarlo. Andrea se ha marchado mientras el viento de setiembre intenta quitarme las mosquiteras que ella fijó en todas las ventanas de casa. Setiembre es un niño que da portazos. Cómo nos reíamos en casa cuando le decía a...

Cuadros robados

Me sigo hallando en un punto intermedio entre el esparto y los olivos de Extremadura y las películas sangrientas y líricas de Takeshi Kitano. La diferencia es que estoy dejando de ser asombroso. La juventud es un pelaje que voy perdiendo para convertirme solo en un hombre hecho y deshecho en el Prat de Llobregat. Mis sueños con Andrea han resultado ser cuadros robados de un museo. Triste, y alegre tras haber filmado un buen final, voy perimetrando mi duelo mientras me pregunto si esta casa volverá a llenarse con nuestras carcajadas mientras jugamos al Mario Kart. Triste, y alegre, pero con el corazón parcialmente nublado, sé que ha sido bueno que Andrea poblara esta casa. Este ático mío con sus cinco rellanos y sus 96 peldaños cortos, que de niño yo jugaba a subirlos a cuatro patas como si fuera un mono.

El hombre y los animales

A mi abuelo, el médico de la fábrica le decía que comiese carne caballo porque era bueno para el hígado. A un tío mío, le recomendaron grasa de ballena para conservar el tapizado del sofá. Mi padre, cuando yo era pequeño, compraba sesos de cerdo y se hacía bocadillos después de freírlos. Mi madre, de niña, me contaba que bebía sangre de cerdo. No estoy hablando de morcilla, sino de que vendían sangre de cerdo refrigerada en bolsas de plástico para que la gente la tomara como un refresco. Hoy he visto a un ciego estirando con furia, con resquemor del arnés de un perro lazarillo. Se trataba de un Golden. Un Golden tan grande y tan bueno que en lugar de ser el perro de un ciego, se merecía ser el perro de un dios. 

Efervescencia programada

Mi madre está bien de salud. Bueno, no. Está mal pero está igual de mal que siempre. El problema no es ese. El problema es que mi madre está efervesciendo. Mi madre se me diluye como si los años la estuvieran rebajando con agua. Ya no escucha La Pantoja, ni George Michael, soy yo, su hijo, quien ha recogido el testigo de las cosas que le gustaban. Ahora soy yo quien tararea Marinero de luces o Freedom mientras hago las tareas de casa. Ayer me preguntó por teléfono a qué partido tiene que votar. Estoy empezando a ser yo quien tiene que decirle a mi madre quién es. Menudo overbooking de sombras. Menudo fastidio. Menuda tristeza este bajo grado de beligerancia que tiene mi madre para preservarse del fuego, del hielo, del tiempo o de lo que sea que quiera deshacerla. Mi madre se está derritiendo y yo soy su bastión de identidad. Qué curioso que esta madre aguada me esté convirtiendo en un ser tan altamente inflamable. Pero mi madre está bien. La muerte aún no aúlla en su puerta. Esto trata...

Adulto

El viento de la calle no me aterra para nada. Ridículos y peligrosos, lo somos todos como bombonas de butano maltratadas. Uno abandona la infancia saliendo a buscar algo que nunca llega. Las tejas del tejado eructan aunque sepan que así no me asustan. Antes, de joven, lo deseaba todo como los perros desean a las perras. Ya no. Ya no deseo nada. No puedes desear de esa manera cuando guardas las cenizas de tu padre en casa. Florece la noche y salen las arañas. Solo los olores antiguos logran relectrificar el corazón. Florece la noche y un raro terror a quedarnos sin espaguetis nos azuza a Andrea y a mí.