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Homenaje a Charles

A Charles. A Charles
y no a Bukowski.
Nunca a Bukowski.
Hay que homenajear
usando el nombre de pila.
No podemos tratar
a los poetas como si fueran
personas desconocidas, 
después de que se hayan pasado toda la vida
crisalizando (sí, de crisálida) sueños y recuerdos
para metamorfosearlos luego
en rosas frescas
con las que siempre podamos
volver a mojarnos.

Nos sigue gustando Charles Bukowski porque
Charles Bukowski era el más Charles Bukowski
de todos los poetas. Sí,
no me miréis así. Sé
que me entendéis.

Dicen que era machista.
Para mí
no hay nada menos machista
que un hombre admitiendo
cada 4 ó 5 poemas
que necesita a las mujeres.
Maldita sea,
¿quién no las necesita?

Hubo una época
en que yo me tomaba a las mujeres
como si fueran ibuprofenos;
ocasionalmente,
solo para combatir
los dolores más fuertes.

Nos sigue gustando Charles Bukowski
porque entendemos
que el humo y el alcohol
tejen la escafandra perfecta
para zambullirse en los recuerdos
más peligrosos.

Nos sigue gustando Charles Bukowski
porque sabemos que el camión
de la basura
tiene un olor malo, raro;
de algún modo portador
de cierta dulzura.

¿Pero qué dulzura? ¿Pero qué dice?

Digo que los camiones de la basura
pasan en mitad de la noche
cargados con cosas que están cansadas
de estar muertas.

Se han cortado
las cintas de medir. Alguien se ha atrevido,
por fin,
a disparar a los pájaros
que intentaban cancionar
algo tan serio como el cielo.

Todos los poetas
esperan los versos
en el mismo lugar;
en el hueco
que dejaron las raíces
de ese árbol
arrancado por el viento.
Ahí es donde esperan los poetas
a ese rostro mortal pero inmortal
que todos guardamos en el recuerdo.
Sabéis a lo que me refiero:
Ese rostro sin rastrojos.
Ese rostro que a veces regresa
y cae sobre nosotros
como una antorcha sobre hierba seca.

Nos sigue gustando Charles Bukowski
porque los poetas se dedican
a dejar
que sus maldiciones les encuentren
con tal
de tener algo verdadero
que contar.

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