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Escritores de mierda + Terrores de la infancia

Escritores de mierda

No existe el terror a la página en blanco.
Quienes han hablado de eso
no eran escritores,
sino gente a la que le hubiera gustado serlo.

Yo me lanzo a por las páginas en blanco ardiente,
impaciente, ahuyentado de casi todo
menos de mis ganas por contar algo.
Admito que los escritores
siempre nos sentimos un poco heridos
porque hay una parte de nuestra obra
que solo podemos comprender nosotros mismos.
Cuanto mejor
es un escritor
menor
es la parte de su obra
que solo puede comprender él mismo,
pero siempre
hay algo que se pierde por el camino:
una caja
que se ha extraviado
en el camión de la mudanza
o bien
un recuerdo que se ha dado un golpe durante el traslado.
Por ejemplo
la imagen mental que tenías
de aquel día de verano
en el que hacía tanto sol
que las hormigas se volvieron amarillas
mientras huían en fila india
con sus paraguas de pan.

Al final, lo que uno termina escribiendo
es siempre
un charco en el que se refleja mal el cielo.


Terrores de la infancia

Temí muy pronto a la muerte.
Sufría ataques de ansiedad
que eran muy parecidos a estar pasándomelo bien
en una montaña rusa.

Me agarraba el pecho y me imaginaba
la inmensidad de la vía láctea
existiendo antes y después de mí.
Yo solo era una pausa en la continuidad del infinito.

Ahora respira hondo. No hables:
De pequeño
también le tenía miedo a los esfigmomanómetros;
esos aparatos para medir la tensión
que tenían una pera negra
y una aguja para indicar la presión
como las que tienen las bombonas de oxígeno
de los submarinistas.

Me daban miedo porque los asociaba al ruido
de las sirenas de las ambulancias
que se abrían paso 
a codazos por la ciudad
para comprobar
si a mi madre volvía
a funcionarle mal el corazón.

También temí a Darwin, a la evolución;
a lo que esas tortugas gigantes
podían haberle susurrado al oído:
Durante una clase de primero de ESO
nos contaron que el hombre
posiblemente, algún día,
terminaría por perder
los dedos de los pies.
No quise creerlo,
me daba miedo
que los pies de mis descendientes
se convirtieron el coscorrones de pan
o en pies
como los de los LEGO.
Así que el verano siguiente
me lo pasé arrojando camisetas al suelo
y tratando de agarrarlas con los dedos de los pies
mientras pensaba
que si yo y mi estirpe
continuábamos haciendo gimnasia
con esos dedos
al menos nosotros
jamás los perderíamos.

También me daba mucho miedo
la oscuridad, su capacidad
para ocultar monstruos
dentro de los armarios y detrás de las cortinas.
Cuando salía de una habitación
y apagaba la luz
echaba a correr urgentemente
hacia el siguiente cuarto con luz
mientras sentía como me perseguía
la oscuridad
a mis espaldas.

Pero el peor
terror
que sentí durante mi infancia
fue el terror que me atenazó a los 5 años,
cuando no sabía nada
sobre cómo funcionaba la digestión
y por eso pensaba
que la gente debía de morir
cuando los alimentos
te llegaban hasta el cuello y te estrangulaban.

Hubo un día en que dejé de comer.
Temía demasiado por mi vida.
Me imaginaba las piezas de comida
(plátanos, melones, trozos de pollo)
acumulándose en mi estómago
como piezas de Tetris mal encajadas.

Me puse a llorar. Tenía hambre,
pero también tenía
ganas de seguir vivo.
Se lo expliqué todo a mi padre.
Mi padre se rio, mojón pan, siguió comiendo
y por fin me dijo:
come, anda,
no vas a morirte. 
No te va a pasar nada,
no vas a asfixiarte con la comida:
mañana
ya la habrás convertido en caca.

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