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La ciudad

A veces camino por el barrio
y paso por delante
de casas grandes
entre cuyos árboles
dejan hilos con CD's colgando,
supongo
que para que los pájaros
no cometan travesuras
con las frutas.


En esos momentos
me parece que las ciudades
son hombres tendiéndole la mano a un árbol.
Pero es mentira. La ciudad jamás podrá ser eso.
He visto incendios. He escuchado bomberos.
He oído sirenas que me han confirmado,
que las ciudades solo son lugares
en donde la gente fallece
y luego sus familiares
esperan civilizadamente
a que coches fúnebres
semejantes a tabletas de chocolate con ruedas
vengan a recoger los cadáveres.


Es difícil ser alguien especial en una ciudad.
La escenografía es demasiado grande
y está demasiado atiborrada de personajes
Algunos todavía sueñan. Otros ya saben
que el amor es un lugar al que se viaje en un vehículo
que huele a combustible.



Te lo digo yo, que soy tan solo otro tú que
también ha escuchado
encerrado en su cuarto
a ambulancias corriendo
y a vecinos corriéndose.


Cuánta soledad
en no querer estar nunca solo.
Cuánta gente contratando la amistad de un perro,
o colgando en el balcón una canción enjaulada,
o pagando
por más canales
de televisión por cable
solo para que la casa
no se llene de fantasmas.


En resumen:
la ciudad
es un lugar
en donde el dolor
se convierte en tan solo una brizna de dolor
entre tantas otras briznas de otras cosas.


Hay un sentimiento
al que he ido llegando lentamente.
Está hecho a mano; es oscuro, luminoso, es
como todas las cosas que son;
complejo.



Ya ningún poema puede ser
solo un poema más:
todos son tejido, crecimiento.
Todos forman parte
del largo proceso
de ir pasteurizando mi vida
para que otros puedan consumirla.



Te lo digo yo, que solo soy otro tú
que nunca ha triunfado
y que se siente como un sheriff a la espera,
bebiendo café y haciendo crucigramas
después de haber entregado su placa y su arma.



Las ciudades. Yo.
Este estofado de biografías oliendo bien y mal
constantemente.


Ah, esta ciudad
con sus incendios,
con sus vecinos corriéndose a horas
que siempre resultan extrañas
para los que no están teniendo la suerte 
de correrse con alguien.


Para mí los orgasmos
no son la traca final de una fiesta. O la sensación plena
de sentirse como un niño feliz
jugando en el recreo.
Más bien al contrario. Después de correrme
siempre he escuchado una campana, un timbre,
un anuncio por megafonía
que resuena por toda la ciudad
y que me recomienda
que recoja todos mis juguetes y mis cromos
para regresar al aula,
a que la vida vuelva escupirme
otra de sus malditas lecciones en el rostro.


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