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Un gran silencio

Irene y yo fuimos amigos
durante más de 10 años.
Hace más de uno
que ya no nos hablamos
y nunca le hablo de ella a nadie.

A veces me sorprendo
tarareando alguna de las canciones
que ella y yo nos cantábamos
cuando íbamos juntos por la calle.
Cuando me pasa eso
me doy una bofetada mental
y trato de pensar
en cualquier otra cosa.

No escribo poemas sobre ella
y cuando,
de tanto en tanto,
sueño con ella
tampoco se lo cuento a nadie,
como si para mí
el amor fuera
un pan que yo tuviera
que comerme en secreto.

Me hace mucha gracia que Andrea
se llame Andrea
porque el novio de Irene se llama
o se llamaba
Andrés.
A veces
una mano me aprieta el cuello
pensando que podríamos estar
los cuatro en un bar
riéndonos
de que Andrea se llame Andrea
y Andrés, Andrés.

El otro día soñé con ella,
con Irene:
Yo estaba en un bar con un amigo
tomando una cerveza
y entonces ella entraba de repente.
Ambos nos reconocíamos
pero evitábamos mirarnos
y saludarnos;
como cuando pasan los años
y, de golpe y porrazo,
te vuelves a topar con alguien por la calle
que fue contigo al colegio
y decides no saludarle
porque ya está bien
de mantenerle el saludo a alguien
solo porque fue un niño
cuando tú también lo fuiste.

En el sueño solo pasaba eso. 

Irene se tomaba su cerveza
y yo la mía
sin que nos habláramos.

Me he guardado para mí
este sueño
igual que me he guardado
de escribir sobre Irene o hablar de ella.

Lo he hecho
porque creo
que el mejor funeral
es un gran silencio.

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