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C:\>

Después de estar suplicándole a mi padre
durante más de un mes,
este, al fin, accedió a comprarme
un Pentium 133.


Era grande, frío y blanco.
En mi cuarto
parecía un iceberg
olvidado
y conectado por casualidad
a un monitor.

Al principio no pasaba
de esa pantalla negra
en la que no se podía hacer nada,
excepto escribir gilipolleces
y ver cómo quedaban
con esa letra blanca
sobre fondo negro.

Después aprendí
que para que empezara la magia
había que hacer esto:


C:\> CD WINDOWS

C:\WINDOWS> WINDOWS.exe

Y entonces empezaban las ventanas:
Era otra cosa, no se parecía
al pequeño y sombrío piso en donde vivía
ni tampoco
a los gritos
que se daban mis padres.

Aquí las cosas
eran de un blanco inmaculado
y todo estaba
perfectamente etiquetado.

Con el tiempo aprendí a instalar programas.
Recuerdo las horas que pasé con la Encarta:
Buscaba pájaros
y cuando los encontraba
podía pulsar al play
y escuchar sus cantos desde mi casa.

Más tarde llegó mi primer videojuego:

DOOM.
Un videojuego
con vista en primera persona
en el que tenías que matar para
avanzar.
Me recuerdo gritando,
sonriendo,
siendo un niño más que nunca
mientras las balas
impactaban contra mis enemigos.

Nunca he tenido tantas ganas
de volver a casa como en aquella época:
salía disparado de la escuela
para entrar corriendo en mi habitación
y escribir
C:\>CD DOOM

C:\DOOM\DOOM.exe
Entonces, ansioso y sonriente
sabía que había un milagro
que siempre se me concedía tras pulsar
ENTER.

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