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Todo lo que hicimos para intentar salvar a nuestros padres del tabaco

El otro día
en una comida familiar
mis tíos nos explicaron
todas las perrerías
que mis primos les hicieron
para que dejaran de fumar.

Les escondían el tabaco.
Les inundaban las cajetillas
con agua del grifo.
Les quitaban el dinero de la cartera.
Amenazaron con empezar
a fumar ellos, dos críos
que cuando usaban pijama verde
parecían secuaces de Peter Pan.
Estaban dispuestos a lo que sea
con tal
de salvar a sus padres.

Yo pasé por lo mismo.
Durante mi niñez
la FAD no paraba de emitir anuncios
en televisión
sobre lo perniciosas que eran las drogas.
Por ejemplo, en lugar de esnifar coca,
un joven esnifaba un
largo
gusano
blanco.
Aparecían testimonios
de personas a las que les faltaban manos,
o brazos
o familia.


La droga mata.

La droga amputa.

La droga te separa de las cosas.


En el colegio
nos enseñaban diapositivas
de pulmones de color rosa:
Así son los pulmones
de la gente no fumadora.

Y justo después ponían imágenes
de pulmones asfaltados de negro:
Y así son los pulmones
de la gente fumadora.


Me sentía aterrado
por el hábito fumador de mi madre.
Cada vez que ella encendía un cigarrillo
me la imaginaba
poniéndose de color negro por dentro.

Un día le escribí una
larga
carta
diciéndole que si no dejaba de fumar
me escaparía de casa.

Reaccionó. Dejó de fumar.
La salvé.

Circulaba una historia en mi familia:
Mi abuelo era un gran fumador.
En su época,
el tabaco no era cancerígeno.
Era un promotor social. Era solo
echar humo con los amigos
o ayudarte a esperar
o combatir el insomnio.

Un día, mi abuelo acudió al médico
por un fuerte ataque de ciática.
No sé cómo
el médico determinó
que la dolencia de mi abuelo
estaba relacionada con el tabaco.
En mi familia cuentan
que ese mismo día
mi abuelo tiró a la papelera
el paquete de tabaco
que llevaba en la chaqueta
y jamás volvió a fumar.

Y para mí
esa manera de proceder
se ha convertido
en la única válida:
hacer las cosas bestialmente
o no hacerlas.

Hace unos años, después del divorcio,
después de perder dientes
y perder su empleo
mi padre volvió a fumar,
tras 30 años sin hacerlo.

Cuando le pillé
le reprendí con la mirada.
Le dije que me había decepcionado.
Me respondió que no le hablara de decepción,
que él volvía a fumar
porque había demasiadas cosas
que le habían decepcionado.

Ya no vivíamos juntos,
así que no pude escribirle una
larga
carta
diciéndole que si no dejaba de fumar
me escaparía de casa.

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