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Matar al perro

Me regalaron a mi perra
cuando yo tenía diez años.
A los pocos meses empezó a cojear
y la llevamos al veterinario.

En la clínica nos lo explicaron todo
muy bien y muy claro:
Cristi tenía un problema de cadera.
Algo corregible, algo operable.
Por un poco de dinero
mi perra volvería a correr
como cualquier otro perro.

Pero entonces mi madre
hizo gala de todo su oscurantismo
y de toda su ignorancia:
Algo no me dio buena espina.
Solo quieren sacarnos el dinero.
Además, yo en la radiografía
vi algo que no me hizo gracia.

Así que pensaron en deshacerse del perro
antes de que yo le tomara cariño,
como si los niños
no amaran a sus perros
instantáneamente
para siempre.

Mi madre me dijo que conocían
a un veterinario de Zaragoza
que se quedaban con los perros que estaban así,
un poco cojos.
Él los cuidaba. Tenía un terreno
donde todos podían ladrar, cojear y ser amigos.

Ese día me convertí en la persona
que mejor conoce a mi madre,
porque la desenmascaré completamente.
Comprendí de golpe
cuál era su pobre libro de recetas
de las mentiras.

No solo no querían gastarse dinero
operando a Cristi,
sino que tampoco
se plantearon proporcionarle
una plácida eutanasia.

Le encargaron a mi abuelo que la matara.
O puede que lo sugiriese él,
que fuera él quien dijera
que era una gilipollez
gastarse dinero para matar a un animal
cuando podía hacerlo él.

Me imagino a mi abuelo en chándal,
metiendo a mi perra en su coche
para llevarla a algún campo donde matarla.
Me los imagino a los dos
después de bajar del coche:
él busca por el suelo
una piedra grande,
pero entonces ella
le trae un palo
para pedirle que juegue.
Mi abuelo cae en la trampa
y le tira el palo.
Mi perra se lo devuelve.
Mi abuelo se lo vuelve a tirar
y entonces comprende
que ya se ha hecho demasiado viejo
para matar a un perro.

Cristi vivió 10 años conmigo.
Me seguía a todas partes
con su discreta cojera,
pero cuando se lo proponía
corría más que nadie.
Todo el mundo
me paraba por la calle
para acariciarla
y para preguntarme
de qué raza era.

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