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Pistolas con sabor a palomitas

Ha llegado el caos
que nunca iba a llegar.

En la tele, además de gente con mascarillas
han empezado a emitir
imágenes de los primeros funerales que ha causado el virus.
He visto un plano cenital de una capilla
repleta de féretros,
me he imaginado que dentro
había un montón de cadáveres azules
con los pulmones marchitos;
como si todos hubieran muerto
merecidamente por haber sido
fumadores empedernidos.

Qué animales
me han parecido hoy los animales.
Por primera vez
he pensado en ellos
como lo que realmente son:
seres irracionales:
cuando he bajado un momento a tirar la basura
los pájaros hacían invariablemente lo de siempre.
Eso lo entiendo.
Lo que no entiendo
es no haber detectado
un mínimo de extrañeza en sus ojos,
un echar de menos
al menos
las migas de pan
de los niños que van al colegio.

Todo son números.
Cifras.
Contagiados.
Muertos.
Curados.
El problema viene cuando conoces
a uno de esos números
y puedes imaginártelo perfectamente
tumbado en una camilla,
con una máscara de oxígeno
que le ayuda a respirar,
como si durante toda su vida
hubiera sido
un fumador empedernido.

¿Cuántos poetas estarán, como yo,
en sus casas
laureándose en mitad de este desastre?
¿Cuántos nos habremos puesto
a recitar este caos
indeterminablemente ficticio?

Cuando todo termine,
¿cuándo terminará todo?
Cuando todo termine,
¿cuánto tardaremos en terminarlo?
¿Durante cuánto tiempo
estas pistolas
sabrán a palomitas?

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